Tintes naturales en Asunción: cáscara de cebolla, cochinilla y añil
Notas de un taller barrial que tiñe con lo que sobra de la cocina y del mercado.
En un taller del barrio Ricardo Brugada, un grupo de vecinas tiñe prendas usadas con cáscara de cebolla, cochinilla y añil comprado a un productor de Paraguarí. La nota describe el proceso completo: el mordiente con alumbre, los tiempos de cocción, el secado a la sombra y el enjuague con agua fría. También recoge las dificultades reales, como la irregularidad del color entre tandas y la poca resistencia de algunos tintes en fibras sintéticas.
El taller funciona los martes y jueves por la tarde. Sobre una mesa larga se apilan las ollas de aluminio que ya no se usan para cocinar. Ahí se preparan los baños: cáscara de cebolla para los amarillos dorados, cochinilla para los rojos profundos y añil para los azules. El añil llega en panes secos desde Paraguarí y se disuelve poco a poco en agua tibia antes de entrar a la olla. El mordiente es alumbre, pesado en una balanza pequeña que una de las vecinas trajo de su casa.
Los tiempos cambian según la fibra. El algodón necesita más cocción que la lana, y la seda toma el color con menos calor. Durante tres meses de taller se anotaron los resultados en un cuaderno: qué fibra tomaba mejor el tinte, cuánto duraba el color después de varios lavados y qué tandas salían más parejas. La irregularidad es la regla, no la excepción. Cada tanda sale distinta, incluso usando la misma receta. Las fibras sintéticas casi no toman el color, y eso quedó claro desde la primera prueba.
Después de teñir, las prendas se enjuagan con agua fría hasta que el agua sale limpia. Se secan a la sombra, nunca al sol directo, para que el color no se apague. El taller cierra con una tabla simple de fibras y resultados observados: algodón, lino, lana, seda y las mezclas que fallaron. La idea no es vender tintes ni prendas, sino compartir lo que se aprende cuando se tiñe con lo que sobra.